Hela


Por. Betzabé Carbajal


Las mejores cosas de la vida, llegan sin avisar.


Tengo una papelería en una colonia donde los perros son mascotas muy queridas y cuidadas. Los parques de la zona están bonitos y tienen lugares especiales para que los perros jueguen libres. Hay muchas veterinarias y locales donde venden comida y juguetes exclusivos para mascotas.


La gente es respetuosa de los animales de compañía y procuran cumplir con lo esencial para su sano desarrollo. Diario ves desfilar diversas razas de perros: huskies, dálmatas, pitbulls, un Gigante de los Pirineos, un Gran Danés, Pomeranian, Golden Retriever, un Lobo Americano, afganos, hasta graciosos “Salchichas” y sin olvidar a los llamados de “raza única”, mestizos.


Y conmigo, una Pastor Alemán. Es la única hembra que hay. De vez en cuando, se ven a dos machos jóvenes que pasan a saludarla. Hela, cumplirá seis años de edad en agosto y dos de haber llegado a mi vida.


Una cliente muy especial fue quien la trajo a mí. Era el 2020 y la pandemia; una tarde de septiembre acudió a la papelería a comprar unas cosas. Iba acompañada de una escuálida perrita.


Curiosa le pregunté si era su mascota y me contó que la habían rescatado un mes antes. Mi compañero, que amaba a los perros, también se asomó y la vio. Fue amor a primera vista. Mientras ellos salían a dar un paseo, Coral, que así se llama mi ahora amiga, me contó su historia.


Desde pequeña la habían abandonado en un terreno baldío. Ahí creció y tuvo una camada. Al nacer sus hijos, cavó un hoyo para resguardarlos del frío y la lluvia. Había una chica que le llevaba de comer y cuando vio eso, hizo todo lo posible por conseguirles casa. Poco a poco se fueron llevando a los cachorros hasta que la mamá quedó solita de nuevo y cayó en una tristeza profunda. Dejó de comer. Coral supo de ella por medio de las redes sociales y con sus amigos fueron a rescatarla.


Pesaba 15 kilos, vivió en hogares temporales ya que no todos sus rescatistas tenían casa propia y sus arrendadores eran poco tolerantes con las mascotas; juntaron para su esterilización y la cuidaron mientras le encontraban un hogar permanente.


Yo sólo había tenido gatos, pero algo en los ojitos tristes de esta Pastor Alemán me caló hondo. Tras algunos ajustes, una plática seria con mis gatas y repetir la consabida frase: donde comen dos comen 3... Hela, que así se le nombró, llegó a la familia.


Tranquila y dormilona me acompañaba todos los días a la papelería. Comenzó a subir de peso, daba largos paseos en los parques. Jugaba con otros perros. En casa disfrutaba de esconder sus juguetes o empujar la puerta de la cocina para llamar la atención de las gatas.


El tiempo pasó. En la papelería comenzó a ser conocida. Muchos clientes acuden sólo a visitarla. Los niños la buscan para jugar y ella, paciente, se deja. Incluso una niña con espectro autista se volvió su asidua visitante, le llama “Hela Coyote” y le cuenta secretos.


En el último año, Hela adoptó a una cachorra Golden Labrador, de nombre Tarja. Cosa curiosa, la dejaba jugar con sus juguetes, pero le ponía límites e incluso la regañaba si hacía algo incorrecto. La vio crecer y ahora que la antaño cachorra la ha sobrepasado en tamaño y peso, son un gran equipo e inseparables amigas. Juntas son dinamita.


Tazer, el Lobo Americano que ronda por la zona, una tarde entró a la papelería, muy decidido se acercó a Hela, quien se dejó oler y hasta tocar. Fue el tierno comienzo de un perruno noviazgo. Hay ocasiones en que Tazer se recuesta en la entrada, mientras Hela lo acompaña al lado. Ambos se ven hermosos e imponentes.


En el parque hemos conocido otros grandes amigos, humanos y perrunos. Una Vieja Pastor Inglés de nombre Shatzy; Ivy, una perrita rescatada; Ziggy, un Boxer tranquilo y bonachón; Boris, una cruza de Pastor Belga, también rescatado. Hana, una preciosa y diminuta “Salchicha”. Tarja, la Golden Labrador y su recién adoptada hermanita, Torvie; todos ellos, junto con sus dueños, se han convertido en parte de la manada que formó Hela.

Es emocionante verla correr y jugar. No es agresiva, pero sí algo brusca y si se percata que le temen, se retira y busca con quien pueda interactuar. Me gusta decir que tiene alma de cachorra cuando la veo perseguir a sus amiguitos. No se cansa jamás y los cuida.


Todos los días aprendo de ella y con ella. Se ha convertido en mi compañera, guardiana, confidente y enfermera. Hace unos meses me diagnosticaron epilepsia; entre estudios, tratamientos, caídas y recaídas emocionales su presencia me hace fuerte. Vivimos en un pequeño departamento mis dos gatas, Hela y yo. Cuando aparecen las crisis, ella me acompaña, paciente y solícita. En las noches de insomnio y dolor de cabeza, se acuesta a mi lado y me calma.


Mis padres la quieren y la reciben en su casa. Les gusta ver que me espera en el jardín, atenta a mi llamado. Durante una recaída que tuve en su casa, subí a recuperarme a una de las habitaciones de la planta alta y por un momento se olvidaron de Hela, hasta que vieron que llevaba un buen rato, sentada afuera de la cocina, bajo un sol castigador. Mi madre salió a rellenar su plato con agua, pero Hela no se movió; me buscaba con la mirada. Mi papá que también se dio cuenta, se acercó a explicarle que yo estaba arriba, recuperando fuerzas y no tardaría en bajar, sólo así, Hela se animó a beber su agua y buscar algo de sombra en el jardín.


Mi papá me contó que cuando era niño tuvo un Pastor Alemán, se llamaba Atila, narró entre risas, porque era el azote de todos en el vecindario. Lo he visto acariciar a Hela y darle de comer pequeños premios. Ale, mi hermana con Síndrome de Down, siempre la saluda y quiere compartir su comida con ella; ya sea pastel de chocolate o pescado… Es igual de consentidora que mi papá. Ellos dicen que Hela es un ejemplo de fortaleza y voluntad. Coincido, pero añadiría que es un ser amoroso y noble que, independientemente de los momentos difíciles que vivió, ella sigue confiando en la gente y sólo sabe dar amor y cuidados. Y yo, tengo la fortuna de recibirlos incondicionalmente.


Quien salva una vida, salva al mundo. Hela me salvó.

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